Le apostaría a que la mayoría de nosotros hemos escuchado la frase “yo solo sé que no sé nada.” Además de esto, le apostaría a que la hemos escuchado como para decir cosas como “No estoy seguro,” o como “solo estoy seguro de una cosa: de que no sé y no estoy seguro que opinar al respecto de esto.” En este tipo de situaciones es cuando comúnmente se hace uso de la frase del viejo maestro Sócrates: “YO SOLO SE QUE NO SE NADA.” Así es como parece usarse esta frase, con la mera intención de señalar la incertidumbre que uno tiene acerca de algo. Sin embargo, esta frase encierra un significado mucho más profundo, elegante e interesante.
“YO SOLO SE QUE NO SE NADA”
Muy bien. Entonces yo solo sé que no sé nada. Pero si yo sé que no sé nada, entonces al menos sé una cosa: ¡sé que no sé nada! Pero quien no sabe nada pues…no sabe nada. Ni siquiera puede saber el hecho de que no sabe nada. De lo contrario sabría algo. ¿No? Pero como puede ser que la única cosa que sepa es que no sé nada. ¡Eso no puede ser! Si digo que “no puedo estar seguro de nada” seria como decir: estoy seguro de una sola cosa en el mundo, y esa cosa es que no estoy seguro de nada. Bueno…de ninguna otra cosa estoy seguro más que de lo que dije antes (ósea que no estoy seguro de nada).
Bueno…la idea es esa. Todo ese enredo verbal que acabo de invocar es producto natural de una paradoja, y Sócrates pretendía mostrarnos un ejemplo más de una paradoja a la cual nos lleva nuestro lenguaje y nuestro uso de la razón (existen otras paradojas). Para mí las lecciones son dos: 1) Nuestro lenguaje tiene esta extraña propiedad de crear paradojas; y eso no debe olvidarse. 2) Es imposible no saber nada. Así que el escepticismo y la idea de que nadie tiene la verdad y que yo tampoco puedo tenerla es simplemente falsa, ya que no puedo estar seguro de que no estoy seguro de nada. La certidumbre siempre es una opción. ¡Gracias Sócrates!
domingo, 9 de noviembre de 2008
martes, 4 de noviembre de 2008
TODO NO DEPENDE EL CRISTAL CON EL QUE SE MIRA
TODO NO DEPENDE EL CRISTAL CON EL QUE SE MIRA
Por Daniel Valles-Mendoza
Me sigo sorprendiendo de la inmerecida popularidad del Relativismo Intelectual entre los jóvenes universitarios y también entre los adultos que ya no se dedican al mundo de la academia. Esta popularidad es inmerecida, ya que el Relativismo Intelectual es una perspectiva conflictiva, contradictoria y lo que es más importante, al final del día esta perspectiva termina siendo simplemente falsa. El Relativismo Intelectual, en pocas palabras, se culmina y representa por frases como “no existe la verdad absoluta, solo existen perspectivas, “no hay blanco ni negro, solo hay gris, “ “nada es cierto ni falso, todo depende del lente con el que se mire,” etc. En fin, la idea es sencilla, y esta es que en últimas instancias nadie tiene la verdad absoluta acerca de ninguna cosa o tema, ya que solo hay verdades relativas o verdades subjetivas (p.e. “esto es verdad para mí. Es mi verdad.”).
Sin embargo, este tipo de escepticismo no es nuevo. Y digo “escepticismo” porque eso es lo que es, solamente un mero escepticismo o un tipo exagerado de desconfianza intelectual (ósea, como decir que “yo no lo creo nada a nadie”). Esta idea data tan atrás como el maestro sofista Protagoras, quien aseguraba que el hombre era la medida de todas las cosas; esto implica que el mundo como nosotros lo vemos no es más que eso, el mundo como nosotros lo vemos; y que en realidad, nadie sabe nada acerca del mundo como en realidad es. Ese mismo escepticismo fue retomado y rediseñado muchos siglos después en las escuelas filosóficas europeas y más recientemente fue de nueva cuenta propuesto por el movimiento postmodernista europeo.
Obvio debe ser para mi lector que propiamente estoy en contra de esta perspectiva, la cual considero como un ejercicio de futilidad. Pero más allá de si resulta fútil ser un relativista o no, considero que el Relativismo Intelectual presenta serios problemas que no deben pasarse por alto. Estos peligros son reales y nos afectan en nuestras maneras de vivir, de trabajar, de decidir, de informarnos, de creer, de amar y de odiar. No olvidemos nunca que la ideas tienen poder; el poder de cambiar mentes! Pero, ¿Qué problemas pueden presentarse al adoptar una filosofía relativista?
Obvio debe ser para mi lector que propiamente estoy en contra de esta perspectiva, la cual considero como un ejercicio de futilidad. Pero más allá de si resulta fútil ser un relativista o no, considero que el Relativismo Intelectual presenta serios problemas que no deben pasarse por alto. Estos peligros son reales y nos afectan en nuestras maneras de vivir, de trabajar, de decidir, de informarnos, de creer, de amar y de odiar. No olvidemos nunca que la ideas tienen poder; el poder de cambiar mentes! Pero, ¿Qué problemas pueden presentarse al adoptar una filosofía relativista?
El primero de estos peligros es que el Relativismo Intelectual nos obliga a renunciar a nuestra capacidad y nuestro derecho para ser críticos y para emitir juicios. Es decir, perdemos o renunciamos a nuestra capacidad de decir “esto es bueno, o esto es malo,” “esto es conveniente o no lo es,” “esto produce aquellos resultados,” “aquellas cosas se relacionan entre sí de las siguientes maneras,” etc. Todo esto debería ser obvio, si uno se toma enserio la idea de que todo depende del lente con el que se vea. Si esto fuera así, entonces ya nada es cierto o incierto ya nadie (propiamente) tiene la razón. Porque de hecho, ya no existe la razón, ya que eso implicaría que alguien tendría la razón y alguien más estaría equivocado, lo cual dijimos no era permitido bajo un relativismo intelectual. Lo único que hay es una multiplicidad de opiniones en donde todos estamos igual de correctos, o igual de incorrectos. Al final, esto ya no importa.
Otro de los riesgos esta también implícito en la idea del relativismo y de lo mencionado en el párrafo anterior: si el relativismo es cierto, y no existen más que verdades relativas, entonces perdemos también nuestra capacidad de verdadero dialogo y de debate. Es decir, renunciamos a la posibilidad de analizar y estudiar situaciones y llegar a conclusiones y acuerdos que nos beneficien a todos o con las que todos estemos de acuerdo. Debería ser obvio que no habría necesidad de debatir ni dialogar, puesto que nunca llegaríamos a ningún lado con estos ejercicios, ya que al final del día, nadie tendrá la razón. Así que para que perder inútilmente el tiempo intercambiando nuestras ideas y nuestras reflexiones, ya que no haríamos más que relatarnos unos a otros como es que el mundo se ve desde una óptica personal. Si debatieras conmigo, por ejemplo, solo podría darte mi óptica personal, la cual es imposible que entiendas a cabalidad (ya que tendrías que estar completamente en mis zapatos, y solo yo puedo estar en mis zapatos, así como solo yo puedo estar en mi cerebro o en mi cuerpo). ¿Qué tendríamos? Mi óptica, su óptica, la óptica de ellos, la de los otros, etc. Al final, nadie tendría la razón. Como dije, sería un ejercicio fútil y una pérdida de tiempo.
Otro de los riesgos esta también implícito en la idea del relativismo y de lo mencionado en el párrafo anterior: si el relativismo es cierto, y no existen más que verdades relativas, entonces perdemos también nuestra capacidad de verdadero dialogo y de debate. Es decir, renunciamos a la posibilidad de analizar y estudiar situaciones y llegar a conclusiones y acuerdos que nos beneficien a todos o con las que todos estemos de acuerdo. Debería ser obvio que no habría necesidad de debatir ni dialogar, puesto que nunca llegaríamos a ningún lado con estos ejercicios, ya que al final del día, nadie tendrá la razón. Así que para que perder inútilmente el tiempo intercambiando nuestras ideas y nuestras reflexiones, ya que no haríamos más que relatarnos unos a otros como es que el mundo se ve desde una óptica personal. Si debatieras conmigo, por ejemplo, solo podría darte mi óptica personal, la cual es imposible que entiendas a cabalidad (ya que tendrías que estar completamente en mis zapatos, y solo yo puedo estar en mis zapatos, así como solo yo puedo estar en mi cerebro o en mi cuerpo). ¿Qué tendríamos? Mi óptica, su óptica, la óptica de ellos, la de los otros, etc. Al final, nadie tendría la razón. Como dije, sería un ejercicio fútil y una pérdida de tiempo.
El ultimo riesgo que quiero brevemente mencionar (lo haré de manera mas amplia en otra ocasión), es el de relativizar nuestros juicios éticos. Y el punto lo ejemplificaré con una anécdota que nace de una conversación que tuve alguna vez con una de mis alumnas. Esta alumna me alegaba que yo era un fundamentalista de algún tipo, ya que en mi mundo solo existe el blanco y el negro, o se tiene la razón o no se tiene la razón, etc. Ella argumentaba que no todo es blanco y negro, sino que hay gris. Como resulta típico de estos asuntos, mi alumna jamás pudo darme un solo ejemplo consistente de lo que este “gris” significa. Para no hacer larga la historia faltará brincarme al final de la conversación, en donde yo le pregunté: “¿Puedes imaginarte un mundo en donde dijésemos que aquel padre que abusa sexualmente de su niña de cuatro años no es éticamente reprensible y que comete un acto atroz contra esa niña? A lo que mi alumna, después de medio nano-segundo de pensar su respuesta dijo: “Si para el papá está bien, entonces está bien y nosotros no somos nadie para juzgarlo.” A lo que yo respondí: “Y a la niña… ¿ya le preguntaste si le gusta que la viole su papá?” La lección es esta: cuando aplicamos la idea del relativismo al campo de la ética y empezamos a decir que nada es bueno ni malo, que todo depende, que tu techo es mi piso, que lo que está mal para ti está bien para mi, etc., entonces perdemos la capacidad de hacer juicios éticos y de señalar lo ético de lo no ético. En lugar de esto, solo nos quedamos con “preferencias,” las cuales no podemos juzgar, ni reprochar, ni evitar, ni castigar, etc. Esto deja la puerta completamente abierta para justificar todo tipo de atrocidades. Y no se trata de ser puritanos, pero si de ser inteligentes al respecto.
lunes, 3 de noviembre de 2008
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