martes, 4 de noviembre de 2008

TODO NO DEPENDE EL CRISTAL CON EL QUE SE MIRA

TODO NO DEPENDE EL CRISTAL CON EL QUE SE MIRA
Por Daniel Valles-Mendoza

Me sigo sorprendiendo de la inmerecida popularidad del Relativismo Intelectual entre los jóvenes universitarios y también entre los adultos que ya no se dedican al mundo de la academia. Esta popularidad es inmerecida, ya que el Relativismo Intelectual es una perspectiva conflictiva, contradictoria y lo que es más importante, al final del día esta perspectiva termina siendo simplemente falsa. El Relativismo Intelectual, en pocas palabras, se culmina y representa por frases como “no existe la verdad absoluta, solo existen perspectivas, “no hay blanco ni negro, solo hay gris, “ “nada es cierto ni falso, todo depende del lente con el que se mire,” etc. En fin, la idea es sencilla, y esta es que en últimas instancias nadie tiene la verdad absoluta acerca de ninguna cosa o tema, ya que solo hay verdades relativas o verdades subjetivas (p.e. “esto es verdad para mí. Es mi verdad.”).
Sin embargo, este tipo de escepticismo no es nuevo. Y digo “escepticismo” porque eso es lo que es, solamente un mero escepticismo o un tipo exagerado de desconfianza intelectual (ósea, como decir que “yo no lo creo nada a nadie”). Esta idea data tan atrás como el maestro sofista Protagoras, quien aseguraba que el hombre era la medida de todas las cosas; esto implica que el mundo como nosotros lo vemos no es más que eso, el mundo como nosotros lo vemos; y que en realidad, nadie sabe nada acerca del mundo como en realidad es. Ese mismo escepticismo fue retomado y rediseñado muchos siglos después en las escuelas filosóficas europeas y más recientemente fue de nueva cuenta propuesto por el movimiento postmodernista europeo.
Obvio debe ser para mi lector que propiamente estoy en contra de esta perspectiva, la cual considero como un ejercicio de futilidad. Pero más allá de si resulta fútil ser un relativista o no, considero que el Relativismo Intelectual presenta serios problemas que no deben pasarse por alto. Estos peligros son reales y nos afectan en nuestras maneras de vivir, de trabajar, de decidir, de informarnos, de creer, de amar y de odiar. No olvidemos nunca que la ideas tienen poder; el poder de cambiar mentes! Pero, ¿Qué problemas pueden presentarse al adoptar una filosofía relativista?
El primero de estos peligros es que el Relativismo Intelectual nos obliga a renunciar a nuestra capacidad y nuestro derecho para ser críticos y para emitir juicios. Es decir, perdemos o renunciamos a nuestra capacidad de decir “esto es bueno, o esto es malo,” “esto es conveniente o no lo es,” “esto produce aquellos resultados,” “aquellas cosas se relacionan entre sí de las siguientes maneras,” etc. Todo esto debería ser obvio, si uno se toma enserio la idea de que todo depende del lente con el que se vea. Si esto fuera así, entonces ya nada es cierto o incierto ya nadie (propiamente) tiene la razón. Porque de hecho, ya no existe la razón, ya que eso implicaría que alguien tendría la razón y alguien más estaría equivocado, lo cual dijimos no era permitido bajo un relativismo intelectual. Lo único que hay es una multiplicidad de opiniones en donde todos estamos igual de correctos, o igual de incorrectos. Al final, esto ya no importa.
Otro de los riesgos esta también implícito en la idea del relativismo y de lo mencionado en el párrafo anterior: si el relativismo es cierto, y no existen más que verdades relativas, entonces perdemos también nuestra capacidad de verdadero dialogo y de debate. Es decir, renunciamos a la posibilidad de analizar y estudiar situaciones y llegar a conclusiones y acuerdos que nos beneficien a todos o con las que todos estemos de acuerdo. Debería ser obvio que no habría necesidad de debatir ni dialogar, puesto que nunca llegaríamos a ningún lado con estos ejercicios, ya que al final del día, nadie tendrá la razón. Así que para que perder inútilmente el tiempo intercambiando nuestras ideas y nuestras reflexiones, ya que no haríamos más que relatarnos unos a otros como es que el mundo se ve desde una óptica personal. Si debatieras conmigo, por ejemplo, solo podría darte mi óptica personal, la cual es imposible que entiendas a cabalidad (ya que tendrías que estar completamente en mis zapatos, y solo yo puedo estar en mis zapatos, así como solo yo puedo estar en mi cerebro o en mi cuerpo). ¿Qué tendríamos? Mi óptica, su óptica, la óptica de ellos, la de los otros, etc. Al final, nadie tendría la razón. Como dije, sería un ejercicio fútil y una pérdida de tiempo.
El ultimo riesgo que quiero brevemente mencionar (lo haré de manera mas amplia en otra ocasión), es el de relativizar nuestros juicios éticos. Y el punto lo ejemplificaré con una anécdota que nace de una conversación que tuve alguna vez con una de mis alumnas. Esta alumna me alegaba que yo era un fundamentalista de algún tipo, ya que en mi mundo solo existe el blanco y el negro, o se tiene la razón o no se tiene la razón, etc. Ella argumentaba que no todo es blanco y negro, sino que hay gris. Como resulta típico de estos asuntos, mi alumna jamás pudo darme un solo ejemplo consistente de lo que este “gris” significa. Para no hacer larga la historia faltará brincarme al final de la conversación, en donde yo le pregunté: “¿Puedes imaginarte un mundo en donde dijésemos que aquel padre que abusa sexualmente de su niña de cuatro años no es éticamente reprensible y que comete un acto atroz contra esa niña? A lo que mi alumna, después de medio nano-segundo de pensar su respuesta dijo: “Si para el papá está bien, entonces está bien y nosotros no somos nadie para juzgarlo.” A lo que yo respondí: “Y a la niña… ¿ya le preguntaste si le gusta que la viole su papá?” La lección es esta: cuando aplicamos la idea del relativismo al campo de la ética y empezamos a decir que nada es bueno ni malo, que todo depende, que tu techo es mi piso, que lo que está mal para ti está bien para mi, etc., entonces perdemos la capacidad de hacer juicios éticos y de señalar lo ético de lo no ético. En lugar de esto, solo nos quedamos con “preferencias,” las cuales no podemos juzgar, ni reprochar, ni evitar, ni castigar, etc. Esto deja la puerta completamente abierta para justificar todo tipo de atrocidades. Y no se trata de ser puritanos, pero si de ser inteligentes al respecto.

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